El economista alemán Max Otte
desarrolla en su libro El crash de la
información Los mecanismos de la desinformación cotidiana (2009) la noción
de que vivimos en la sociedad de la desinformación a pesar de la abundancia
cada vez mayor de mensajes que producimos y difundimos en medios y redes
sociales.
El
lector no encuentra una definición teórica de desinformación en el libro de
Otte, al menos no a la manera de un diccionario. En lugar de eso, el texto
describe a lo largo de más de 300 páginas las diversas tácticas de desinformación que usan los
grupos de interés para manipular a las sociedades.
Otte
plantea que los empresarios, los partidos políticos y, en general, los grupos
de poder usan alguna de las siguientes tácticas para conseguir efectos
deseados: mentir, dar información insuficiente, distraer y emocionar. Estas
técnicas son representadas con ejemplos prácticos explorados a continuación.
A
juicio del economista, las actividades del sector bancario a nivel mundial
muestran cómo vivimos en una cultura de la desinformación. "Innumerables
productos financieros de naturaleza muy compleja y opaca, declaraciones
confusas y muy a menudo contradictorias de los expertos, y un diluvio
inacabable de datos financieros habían hurtado a los inversores la base
informativa necesaria" (pág. 19).
El
autor reseñó que, previo a la crisis económica global de 2008 (la cual llevó a
la quiebra de Lehman Brothers), muchos bancos vendieron títulos de crédito con
nombres rimbombantes (“Fondo Garantizado”, “Twin-Win”, “Reverse Outperformance
Protect”, “Airbag”, etcétera), con un “mismo (y único) propósito: inducir a los
inversores privados, mediante desinformación deliberada, a apostar su dinero al
azar” (pág. 84). Resume Otte que, durante la primera mitad de la década del
2000, bancos en Estados Unidos y Europa ofrecieron en las bolsas de valores
títulos de hipotecas riesgosos y los presentaron como seguros a través de etiquetas
opacas, calificaciones interesadas de compañías contratadas por los propios
bancos, y ocultamiento de información porque “a quien nada entiende y nada
puede comprobar, no le queda más que la confianza ciega, que se puede explotar
con excelentes resultados” (pág. 85).
Dos
ejemplos más de mentiras presentados en el libro son los siguientes: una
empresa alemana ofrece un yogur y vincula el producto con una vida sana por
medio de la publicidad, pero en realidad se trata de una golosina líquida por
la cantidad de azúcar que lleva; por otra parte, se descubrió que la empresa de
ferrocarriles alemana Deutsche Bahn invirtió 1.3 millones de euros en
relaciones públicas ocultas, pagando a personas para que interviniesen en foros
digitales y redes sociales simulando ser usuarios que opinaban favorablemente
del servicio.
Si
mentir o dar información insuficiente sobre un producto resulta en
desinformación, ofrecer demasiada también confunde, y esta es una táctica que,
según el economista, es usada con
frecuencia. “Teóricamente el consumidor se puede informar, pero se le viene
encima tal cantidad de información ‘superflua’ que, aparte de la
desinformación, no le queda apenas nada” (pág. 105).
De
acuerdo con el analista, la industria alimenticia es experta en informar sin
informar. Dentro de los catálogos de comida, llenos de anuncios coloridos,
fotografías vistosas y frases que inducen al consumo, la información objetiva pasa
inadvertida. Otte mencionó un estudio
realizado en 2009 a 75 tipos de golosinas por parte de la Oficina Central del
Consumidor de Renania del Norte-Westfalia, que reveló que dos terceras partes
de los productos ofrecían la información nutricional con “artimañas
obnubilantes” (pág. 106): letras tan pequeñas que son imposibles de leer,
escaso contraste entre texto y fondo, tabla de ingredientes oculta dentro del
envoltorio, uso de diferentes lenguas.
Finalmente,
Otte explica la manipulación emocional de la razón económica. “Las decisiones
de compra y aún más las financieras deberían tomarse con la cabeza (…); pero en
las cuestiones de dinero siempre hay en juego fuertes emociones, y las
emociones son malas consejeras” (pág.206). El profesor reflexiona sobre cómo
muchas empresas convierten los procesos de compra en “experiencias”,
escenificando situaciones emotivas para el comprador, para evitar que razone
sobre las ventajas y desventajas del producto, y actúe por intuición o impulso.
Critica, por otro lado, fuertemente el periodismo económico que en lugar de
representar los complejos procesos económicos con moderación, cautela y
diversidad de opiniones, opta por titulares dramáticos o increíblemente
optimistas: mientras más emocionante sea la desinformación, mejor.
“En
general se puede constatar que los medios casi siempre se comportan de forma
cíclica, recogiendo simplemente la opinión predominante y amplificándola. Si la
economía va bien, en los medios se habla de ‘grandes oportunidades’ de crecimiento.
Pero si a los mercados les va mal, se extiende por el contrario el pesimismo y
parece que se vaya a acabar el mundo” (pág. 216).
Problematizar
la visión de la verdad
Si
hablamos de desinformar como mentir, obnubilar con información excesiva, o
distraer de la información importante, podemos entender que detrás de este
trabajo el autor maneja un concepto ético de verdad. Se interpreta que para él las comunicaciones
deben representar con precisión lo que ocurre en una parte de la realidad pero
también deben estar enfocadas al bien común para evitar las perversiones antes
descritas. Otte rechaza el paradigma neoliberal de que si todas las personas
actúan según sus propios intereses eventualmente se establecerá un sano
equilibrio entre ofertantes de productos y consumidores; considera que esto es
falso porque si todos deciden según sus intereses nada impide a las empresas
engañar o embaucar para obtener ganancias.
Para
ampliar la noción de verdad desarrollada por Otte, se acude al filósofo
venezolano Massimo Desiato (2004) quien explicó que, comúnmente, se suele teorizar
con un concepto de verdad sencillo: lo que se representa simbólicamente tiene
extensión en lo empírico. Una muestra casera es la siguiente: una madre dice a
su hijo, quien está encerrado en su habitación, que la comida está servida; el
joven solo debe aproximarse a la mesa y comprobar con sus sentidos que, en
efecto, es así, y por lo tanto la afirmación de la madre es verdadera, ¡fue
validada empíricamente! Esta forma de verdad sirve para entender mejor el
trabajo de Otte, porque su enfoque es económico y las comunicaciones giran en
torno a objetos (productos). Si el mensaje económico tiene extensión en lo
empírico, contiene toda la información importante y es fácil de entender
(existe la cantidad de producto representada, con las cualidades y condiciones
indicadas), entonces, estaría dentro de los parámetros éticos mínimos que exige
Otte.
¿Qué
ocurre, sin embargo, cuando los discursos no giran alrededor de objetos sino de
procesos sociales? Se habla de un golpe de estado, una marcha política, el
ascenso o la caída de un partido, una obra de teatro, la vida de un artista,
relatos históricos, una huelga general, etcétera. En todos los casos anteriores
no hay objetos sino relaciones entre individuos y, por lo tanto, diferentes
visiones de esas relaciones. ¿Cuál de todas las posibles visiones tiene la
verdad? En sociedades fragmentadas, polarizadas o en conflicto, ¿cuál relato representa
con fiel exactitud lo que ocurre? Desiato advierte que no se puede decir “la
Verdad” completa de los procesos sino esclarecer diversas verdades escogiendo cómo
representarlos, a quiénes incluir en el relato, qué palabras usar, qué imágenes
añadir, en qué orden colocar los testimonios.
Es
posible encontrar que un periodista representa de una forma los procesos, y que
otros periodistas lo hacen diferente, ¡y al final las audiencias pueden leer o imaginar las cosas según sus
propios conocimientos! Se concluye que, cuando se trata de la complejidad
social, la noción de verdad no puede ser la misma que se usa cuando se dice que
un florero está sobre la mesa y todos podemos comprobarlo; aquí, en cambio, se
trata de retórica, relatos construidos desde el punto de vista del cronista, y
limitados también por esa perspectiva.
Desiato
busca solucionar esta dificultad para los periodistas con dos consejos: incluir
la mayor cantidad de visiones diferentes posibles en el relato y hacer
explícitos los fundamentos de los argumentos de cada uno de los testigos u
opinantes. ¿Por qué piensa de esa forma el entrevistado? ¿Con qué base formula
sus proposiciones? Al final, idealmente, las audiencias valorarían el mejor
argumento, el que tuviera fundamentos más sólidos, y el periodista habría
permitido que las diversas visiones que se manejan en la sociedad se
contrastasen.
De
la desinformación a la incomunicación
Si
se toma la recomendación que Desiato hace a los periodistas de colocar en sus
relatos las distintas visiones de los actores sociales (mientras más, mejor),
cabe preguntar ¿qué pasa cuando las interpretaciones son extremadamente
opuestas y conflictivas? ¿Qué hacer si distintos relatos luchan por la
supremacía y presentan argumentos interesantes? Podemos ilustrar este problema con
casos de verdades normativas, religiosas, y los discursos de identidades.
En
un país islámico la norma “todas las mujeres deben usar burka” puede ser una verdad social, mientras que “ninguna
mujer está obligada a vestirse con burka si no lo desea” sería una verdad
social en occidente. En las dos culturas hay argumentos tradicionales, teológicos,
históricos, políticos y hasta filosóficos para sostener las proposiciones sin
que aparentemente haya posible reconciliación.
¡Otra
situación! En una comunidad cristiana, expresar que el 24 de diciembre
recordamos el nacimiento de Dios encarnado en un niño humilde en Belén puede
ser una verdad mientras que en una familia con tradición agnóstica el relato
bíblico sea visto como inverosímil.
A
todas las posibles fundamentaciones de estas verdades es viable oponer otras
basadas en creencias diferentes. Son verdades que no hablan de objetos sino de
formas de ser en comunidad, verdades que orientan el comportamiento y que no
piden ser confirmadas científicamente, solo aceptadas o rechazadas.
En
muchos países se usan expresiones para representar la “verdadera identidad del
pueblo”. ¿Has escuchado decir que el pueblo se opone a la burguesía
explotadora? ¿Que el pueblo defiende su cultura ante el tsunami de la
globalización? ¿O que el pueblo, por el contrario, está abierto a todas las
culturas y acepta felizmente la globalización? ¿Has leído a algún político hablar
de la identidad democrática del pueblo, a pesar de que en las urnas la
participación sea baja o que la mayoría vote por el candidato más conservador y
excluyente? Estas son “verdades” que la sociedad maneja sobre sí misma,
discursos con los que se identifica, sin la necesidad de representar a todos
los individuos, todos sus comportamientos y opiniones. Estas interpretaciones son
vividas o rechazadas por los sujetos según sus marcos interpretativos
particulares.
Se
propone aquí el concepto de incomunicación para ampliar el de desinformación
ofrecido por Otte. Cuando un gobernante dice que un grupo de personas
representa al pueblo (los pobres, los de cierta raza, los de una religión) y que
otro grupo no es pueblo, ¿está desinformando en el sentido de que dice algo que
se puede probar falso objetivamente? Se entiende que no porque su discurso no
miente sino que clasifica, valora, y propone una “verdad” excluyente, persuade
a sus seguidores de vivir según ese discurso que los separa de otros (es
posible encontrar ejemplos de esto en la política mundial hoy en día).
Para
conceptualizar la incomunicación, es necesario tener una idea de la comunicación.
El filósofo venezolano Antonio Pasquali (Karam, 2014, pág. 36-37) propone que
la comunicación es un modo de relación entre personas distintas que se colocan
en igualdad de condiciones para concertar acciones de común acuerdo; el
pensador diferencia la comunicación de la información porque la segunda connota
un mensaje-causa de un agente-emisor que busca generar en un paciente un
efecto. Cuando se habla de comunicación no hay respuestas programadas, las
acciones son recíprocas y las partes están abiertas a dialogar sus posiciones y
verdades con el otro para encontrar un sentido de comunidad, para concertar
libremente.
Es
posible considerar que incomunicar es la acción de emitir mensajes buscando
generar un efecto en el otro sin permitir que el otro participe y proponga un
sentido de relación; esto es, por lo tanto, un tipo de relación simbólica unidireccional
que separa, que excluye, que levanta muros y propicia el desencuentro entre las
personas.
¿Cómo
se vinculan la desinformación y la incomunicación? Una forma de incomunicar es
desinformar (mentir, engañar) porque no puede existir sentido de comunidad
entre un engañado y un cínico; sin embargo, no toda la incomunicación se
realiza a través de las tácticas de la desinformación: algunos incomunican
diciendo “verdades” excluyentes que no toman en consideración al otro, que no
aceptan la pluralidad social.
Ética
en construcción
Se
puede apreciar que la ética de un periodista o un reportero no es, después de
todo, solo decir la verdad y nada más que la verdad, porque cuando queda
perplejo y confuso ante diferentes verdades que están en conflictos de gran
intensidad su labor no es solo esa.
El
periodista es el mediador ideal para poner en diálogo pacífico las distintas
“verdades”, aquellas que no son comprobables sino vividas, que son éticas,
normativas, valorativas, para que puedan resolver sin violencia sus problemas
comunes.
Por
supuesto, se mantiene también la labor clásica: representar con la mayor precisión
y riqueza de contenido posible aquello que ocurre empíricamente, pero quizá, en
un mundo tan complejo, atravesado por interpretaciones tan plurales, esto no
sea suficiente.
Fuentes
consultadas
Otte, M. (2010). El crash de la información Los mecanismos de
la desinformación cotidiana. Editorial Ariel. Barcelona, España.
Desiato, M. (2004). Una
ética para la retórica: La “Nueva Ilustración” y los medios de comunicación. Logói
N°7 Revista de Temas Filosóficos. Caracas, Venezuela.
Karam, T. (2014). Para seguir celebrando:
Constantes y variantes en el pensamiento de Antonio Pasquali. En M. Bisbal,
& A. Cañizález, Comunicación y
Democracia Travesía intelectual de Antonio Pasquali (pág. 36).UCAB.
Caracas, Venezuela.
Víctor Manuel Álvarez Riccio
Caracas, 27 de diciembre de 2016

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